Palabras escritas en silencio.
Y el reencuentro no tuvo nada que envidiar al de las películas, en el que los dos van corriendo el uno hacia el otro a cámara lenta con los brazos abiertos, deseosos de abrazarse y sumergirse en un profundo beso bajo la lluvia que, en circunstancias normales hubiese pensado ¡Maldita lluvia que estropea mi pelo! Pero esta vez el momento era tan romántico que ni la peor granizada del mundo podía chafarlo.
Minutos después nos encontramos solos en nuestro nidito de amor mirándonos fijamente, sin apartar la mirada ni un segundo. Por fin nos teníamos cara a cara, ya no era necesario simplemente recordarnos ni conformarnos con escuchar el sonido de nuestra voz a través de una llamada.
Y de pronto comenzó la magia, despojábamos nuestro cuerpo de la ropa lentamente, acariciándonos. Descubriendo cada lunar dibujado en tu piel y haciéndolo mío, sólo mío. Y así, sin importarnos el transcurrir de las horas, sin importarnos nada más que nosotros mismos, nos fundimos en el más cálido de los besos convirtiéndonos en uno sólo hasta alcanzar la locura infinita.
Dormirnos hasta que el cuerpo nos pidiese querernos de nuevo y disfrutar del amor existente en la habitación que se podía percibir a km...
Para al fin despertarnos y ser nuestros rostros lo primero que veamos cada día hasta el fin de nuestra existencia.
Matilde Cosculluela.
Hola! Me alegro de que te haya gustado lo que he escrito, lo escribí hace un par de años...pero aún me sigo emocionando cada vez que lo leo. Tú también escribes?
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